Durante un octubre lluvioso y con Halloween a la vuelta de la esquina no hay nada que apetezca más que una peli de miedo. Encontré en Netflix una joya de los 90, Tesis, de Alejando Amenábar, estrenada en 1996.
Con esta película el director español ganó su primer Goya, y no me extraña. El buen cine de terror no es banal pues es el género que más interactúa con el espectador. No se da tanta importancia a la historia sino más bien a las emociones del público. La audiencia es lo importante. Lo que importa es que no nos queramos levantar del asiento, que nos asustemos, chillemos, demos saltitos en la butaca, queramos abrazar al de al lado, nos sorprendamos y lo mejor de todo, después de ver la película no podamos dormir.
Es verdad que, aunque esta película no me quitó el sueño, sí que consiguió hacerme pensar. Así que además de ser una buena película de terror es profunda y de ella podemos extraer alguna reflexión e incluso enseñanza.
Los protagonistas de este film son unos jovencísimos Ana Torrent, Eduardo Noriega y Fele Martínez. La protagonista, Ángela, está trabajando en su tesis sobre violencia audiovisual e investigando sobre vídeos perturbadores. Da con una cinta snuff, sobre un asesinato real en la universidad, que la empujará a descubrir qué ha pasado.
Podría dar la impresión de que la película es gore, pero no lo es en absoluto, sí que logra asustar, confundir y sorprender. Y lo que me parece más interesante es la reflexión que plantea, como he dicho antes, el cine de terror es bueno cuando genera muchas emociones, y a veces los informativos y programas de entretenimiento quieren que estemos tan pendientes de la pantalla como cuando vemos cine de terror.
Además, el hecho de que sepamos que un asesinato es real, genera mucha inquietud. Un disparo en una película de miedo no nos sorprenderá, pero, ¿y cuándo sabemos que eso es real? Cuando en el telediario avisan de que las imágenes pueden herir la sensibilidad, nos pegamos más a la pantalla. Cada vez estamos más insensibilizados y nos acostumbramos a ver imágenes más y más duras.
Me hubiera gustado leer la tesis de Ángela, y ver por qué nos gusta tanto la violencia audiovisual y hasta qué punto es ético utilizarla para subir las audiencias.