El escultor, académico y premio de artes
plásticas Julio López Hernández expone en el Thyssen
Julio López,
escultor del realismo nacido en 1930, abre las puertas de su taller. Su estudio
está compuesto por tres pisos llenos de sus esculturas en su mayoría de bronce.
Destaca un Cristo con el ceño fruncido y el Retrato de Juan de Villanueva, una
escultura que se puede ver frente al Museo del Prado. Julio López informa de
nuevos proyectos además de la exposición en el Thyssen, como son otra
exposición en la academia de Bellas Artes y la edición de un libro. También
habla de sus obras, de su familia como inspiración, de sus años como académico
y del futuro del arte. Responde con una sonrisa a muchas de las preguntas, ante
otras suspira y en algunas se ríe. Se define como un hombre activo a pesar de
su edad y de su mano que está escayolada debido a una operación en los
ligamentos. También es un hombre ocupado, a mitad de la entrevista le informan de
que al día siguiente debe acudir al Museo Thyssen-Bornemisza para tratar
algunos asuntos relacionados con su exposición.
Pregunta: Este invierno usted expone en el Thyssen.
¿Cómo se siente ante este nuevo reto?
Respuesta: Siempre es un orgullo y una satisfacción
que un museo exponga la obra de un artista. Un museo tiene una proyección
social mucho mayor de la que tiene
una sala de exposiciones y eso
contribuye a la consagración del autor de las obras. Llevo mucho tiempo sin
exponer en Madrid. Por la crisis no me conceden más exposiciones. Está
exposición no será completa, es una exposición colectiva y estaré presente en
la misma medida que lo estarán los otros artistas, pero también quiero, si es
posible, exponer algo más en la academia de Bellas Artes.
P: ¿Cómo será esta exposición en la academia
de Bellas Artes?
R: Quiero completar la exposición del
Thyssen con otra que está diseñando mi propia hija, Marcela, de forma que lo
que no esté expuesto en el Thyssen estará expuesto en el otro lado, y aún me
quedarán cosas sin exponer. Yo creo que con esas dos exposiciones puedo estar
más que contento, además me ilusiona mucho porque se lo voy a dedicar a mi
mujer, Esperanza.
P: Su mujer es muy importante para usted
aunque ya no esté. ¿Le ha inspirado para realizar otros proyectos?
R: Sí, cuando mi mujer murió y me quedé solo me puse a escribir y
voy a publicar un libro, se va a llamar Notas
a pie de obra. Van a ser comentarios sobre mis propias obras, pasadas,
presentes y futuras y sobre lo que yo sentía al realizarlas.
La
escultura que Julio López tiene detrás de la silla en la que está sentado
destaca. Es una escultura de bronce que representa a un hombre vestido con ropa
holgada y un pañuelo. La figura mira hacia la derecha con una expresión
relajada mientras sostiene en la mano derecha un sombrero y en la izquierda
útiles de pintura. Es una escultura que se puede contemplar frente al Museo del
Prado, es el Retrato de Juan de Villanueva.
P: Usted ha esculpido obras que se pueden
encontrar dando un paseo como el Retrato de Juan de Villanueva que está en
frente del Museo del Prado y también aquí, en su taller. ¿Qué desafíos propone
exponer al aire libre frente a exponer en un museo?
R: Exponer al aire libre es difícil, para mí
supone una controversia. Prefiero exponer en la intimidad. Mis obras están
hechas para una convivencia cerrada y protegida, no para estar a la intemperie.
Es una escultura que necesita la interioridad, la aproximación muy física con
el autor. En el exterior se alejan un poco las obras del autor, pero por otro
lado, exponer en el exterior tiene una gran proyección sobre la sociedad. La
calle tiene el reto de no ser una cosa íntima ni cercana, pero debe captar la
atención de la gente paseante que no ha ido a buscarla, la gente que visita
exposiciones y quiere comprar, busca la obra, los paseantes se la encuentran.
La obra en la calle no está protegida, está a la intemperie y debe clamar por
ser atendida.
P: También tiene en su estudio un Cristo.
¿Qué le movió a cambiar de la escultura religiosa a otras temáticas?
R: La iglesia ha querido imponer un
criterio y ya se ha acabado la grandeza del arte religioso del Renacimiento y
el Barroco, por eso yo paulatinamente pude conquistar otro espacio más en
consonancia con mi estilo. Yo viví en una época de postguerra, en unos años muy
duros. Estaba dentro de un mundo de orfebres ya que mi padre y mi abuelo lo
eran. Ellos hacían cálices, custodias y obras al servicio de la iglesia y
claro, en ese ejercicio con la
obra religiosa, el contacto que yo tenía con la imaginería era inevitable.
Había mucha demanda de arreglar Cristos de marfil porque la guerra los había
destruido. Yo no quería arreglar, ni imitar Cristos, yo quería hacer un Cristo
mío y lo hice. Era un Cristo diferente a los de la orfebrería; estaba
estremecido. El Cristo que tengo en el taller me gustó porque es un Cristo que
no está en consonancia con los cánones de la iglesia y hasta lo quitaron.
P: ¿Lo quitaron?
R: Al principio se lo regalé a una monja de
un colegio religioso, ella a su vez se lo regaló a un convento. Al obispo y a
la madre superiora no les gustó y se lo devolvieron a la monja. Yo lo quise
comprar y no me dejaron. Me hice uno en madera, pero el original de yeso sigue
en el colegio. Yo quería poner ese Cristo en la calle, para que allí hiciera su
evangelización y no en la iglesia. Me gustaría ponerlo al lado de La Almudena.
El
Cristo que está a la izquierda de Julio López es un Cristo, como ha dicho él,
de madera, vestido únicamente con el paño de pureza y que mira al suelo con el
ceño fruncido. Su semblante es muy serio, denota decepción. Teniendo en cuenta
que lo esculpió después de que se negaran a devolvérselo, es probable que
decidiera endurecer su expresión debido a esa negativa y además al hecho de no
haber conseguido que el Cristo realizará su evangelización en la calle.
P: Antes ha mencionado a su mujer
Esperanza. Y es que su familia es otra de sus temáticas preferidas para
esculpir. ¿Qué es lo que le gusta más de esculpir a sus seres queridos?
R: Me gusta que no es un invento ni una idea caprichosa mía,
sino que es la verdad, mi verdad. El
ámbito familiar es el que me proporciona los modelos. Si yo esculpo La estudiante caminando, esa chica debe ser un prototipo de la
estudiante, de la búsqueda de la formación, de la libertad y de su espíritu cuando en realidad es mi hija Esperanza. Con Marcela y su luz, en la que sale mi hija guardando las lentillas
cuando se va a acostar, en realidad he querido representar la luz del día
siguiente, la luz de mañana, el universo entero en busca de la luz. ¿Cómo voy a
representar mejor el universo? Con Marcela, con el modelo que tengo en casa.
Por otro lado, si tuviera que elegir una obra entre todas las que tengo,
elegiría La Pareja de artesanos; es
una obra fundamental porque son mis padres, son los que me abren el camino,
inicio la carrera ahí, inicio la búsqueda de la verdad.
P: ¿Cree que ha encontrado la verdad?
R: Bueno, la verdad no sé si se encuentra o
te encuentra ella a ti. La verdad es complicada, tienes que esperar que te de
ella algo. Y no sé si me lo ha dado, yo creo que esos son los tiempos
venideros.
El
escultor se ríe tras su reflexión. En ese momento llaman desde el Thyssen, le
avisan de que debe acudir al día siguiente para tratar algunos asuntos sobre la
exposición. Cuando Julio López cuelga el teléfono suspira, está realmente
ocupado y su mano escayolada le impide moverse con agilidad.
P: Usted recibió en 1982 el Premio Nacional
de Artes Plásticas “por su sentido original de la escultura realista fuera de
los cánones académicos y su revitalización del espíritu clasicista” ¿Qué le
movió a romper lo cánones académicos?
R: Precisamente el hecho de que para mí la
vida es muy importante que sea representada y los académicos no representaban
la vida. Los académicos producen una obra que está hecha con soluciones, no con
problemas, y yo creo que la obra de todo autor debe contener la problemática
que le imponen los tiempos nuevos. Hay que hacer algo con el pensamiento
anterior.
P: Además cuatro años después del premio fue
académico. ¿Cómo se sintió?
R: Me extrañó, me sentí como Pío Baroja,
quien tampoco supo qué hacer o cómo actuar cuando le nombraron académico de la
lengua. Con el tiempo comprendí que los académicos tienen una visión bonita,
limpia, al margen de la sociedad y de los intereses y me gustó pertenecer al
grupo.
P: ¿Qué opina del conflicto
realismo-abstracción?
R: Nosotros los realistas madrileños
estábamos compitiendo con el abstracto y nosotros veíamos una realidad mientras
que ellos veían otras cosas. Sin embargo, teníamos una convivencia armónica con
los abstractos, yo era amigo de Lucio Muñoz, Antonio Saura, pintores
rabiosamente modernos. A mí Saura me compró esculturas. No creo que
estuviéramos separados en ningún momento. A mí me gusta tanto lo figurativo
como lo abstracto.
Julio
López Hernández sonríe cuando recuerda a sus amigos. Él, Antonio López, su
hermano pequeño Paco López Hernández, Carmen Laffón en el realismo y Lucio
Muñoz, Antonio Saura y Luis Gordillo en el abstracto fueron una generación de
pintores del mediados del siglo XX que se caracterizaron además de por la
calidad de sus obras, por la amistad que tenían. Han realizado exposiciones
colectivas, cursos de arte en común en ciudades como Ávila, Sevilla o el
Escorial en los que los alumnos podían pasar de un taller a otro y aprender de
diferentes artistas e incluso obras en Equipo. Antonio López, Julio López
Hernández y Paco López Hernández realizaron una escultura de los reyes Juan
Carlos y Sofía de tres metros de altura.
P: ¿Cómo cree que evolucionará el arte?
R: No lo sé. Ahora mismo hay un exceso de
aventura, de propuestas alocadas, pero creo que de ahí puede surgir una vuelta
al orden. No se cómo será, yo no le llamo que pueda ser más realista, yo le
llamo vuelta el orden. Será la depuración de una locura, la salvación de una
locura.
P: ¿Qué consejo daría a los jóvenes que
quieren dedicarse a la escultura?
R: Les aconsejaría que leyeran, que
escucharan música, que se cultivaran y se informaran y sobre todo que no dejen
de esculpir, pero teniendo claras sus ideas.
Julio
López ha hablado de su futura exposición en el Thyssen y de su descontento por
no exponer más a causa de la crisis, de nuevos proyectos como son la exposición
en la academia de Bellas Artes y el libro Notas
a pie de obra, de sus obras, de su opinión sobre el arte, de sus amigos y
de su familia. La familia de este artista no deja de influir en sus obras,
tanto como modelo como inspiración. Los pisos de arriba del taller tienen
esculturas de un carácter más íntimo para el escultor que el piso de abajo, en
el que se ha realizado la entrevista. Los dos pisos superiores están repletos
de esculturas de la familia de Julio López en bronce, yeso y madera. Aparecen
sus hijas en diferentes edades, incluso recién nacidas y su mujer a veces más joven
y a veces más envejecida. Hay algunas esculturas que representan a los amigos
del escultor, pero la mayoría son de su entorno familiar más cercano y no hay
esculturas religiosas ni de personalidades. El ambiente de estos dos pisos es
muy diferente al del piso inferior, la luz es más tenue y las esculturas se
encuentran muy cerca las unas de las otras, como si se encontraran en una
reunión familiar. La familia de Julio López Hernández, sus padres, fueron los
que le iniciaron en su camino de la búsqueda de la verdad, verdad que le tiene
que encontrar a él, verdad que aún no sabe si le ha encontrado.