domingo, 22 de marzo de 2020

El poder de lo cuqui

Estamos viviendo tiempos difíciles.  El coronavirus está en nuestro país. A fecha de 22 de marzo, 28.572  contagios y 1.753 muertes en España. Hay personas que dicen que no se vivía una  situación tan dura desde la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, algunos tenemos la suerte de no tener que ir a trabajar y poder quedarnos en casa. Para disuadir a las personas de salir de sus hogares, a menos que sea totalmente necesario, las industrias culturales lo están dando todo. Conciertos en streaming, visitas guiadas virtuales,  revistas y libros en la red,  películas gratis y series ilimitadas.  Pero, por si fuera poco, en las redes sociales algunos usuarios se esfuerzan por entretener a sus amigos y demás seguidores a través de challenges. De estos retos, me ha llamado particularmente la atención uno en el que se insta a los usuarios de Instagram a subir una foto de su niñez. Y es que los niños cada vez están más presentes en esta red social.

Instagram está lleno de madres que suben fotos de sus pequeños, pero también está colmado de objetos adorables, dibujitos y animalitos. La tesis de Simon May en su libro "El poder de lo cuqui" es que estas manifestaciones edulcoradas no están solo presentes en Internet sino en la mayoría de los aspectos de nuestra vida.

Niños, jóvenes y adultos de todas las edades no pueden evitar sonreír cuando ven un cachorrito de ojos grandes. En Alemania tuvo más impacto el nacimiento de una zarigüella  vizca en el zoo de Leipzig que la Primavera Árabe y los vídeos de gatitos son los que más likes tienen en You Tube.

¿A  qué se debe toda esta idolatría?

Según Simon May, tras la Segunda Guerra Mundial las personas necesitaban olvidar el dolor del pasado a través de elementos que les inspirasen bondad, ternura e inocencia. Esto desembocó en un afán por idealizar la infancia hasta el punto de observar esta como la etapa  de la vida más importante del ser humano y la que determina su futuro. Se volvió más importante el amor a los hijos que a la pareja y satisfacer sus deseos como el deber de todo padre. Las industrias culturales, de publicidad y de todo tipo de productos utilizaban como logos todo aquello que inspirase  ese afán de protección. Se humanizaban los objetos y los animales para que estos pareciesen más cuquis. Sin embargo, en ese afán de adoración hay un punto sádico. Nos parece más adorable aquello que vemos más indefenso. Y es que cuando está  más lindo Winnie de Pooh  es en el momento en el que sufre por conseguir la miel. Esto se produce porque deseamos que esas cosas que adoramos nos necesiten y sean más dependientes de nosotros.

¿O somos nosotros los que las necesitamos? Hay algo tenebroso en lo cuqui. Hello Kitty no tiene boca ni dedos y nos parece monísima. Nos fascina. Y esto es porque como dice May "lo cuqui  oscila caprichosamente entre conocimiento y desconocimiento, lo hogareño y lo enajenado, lo luminoso y lo oscuro, el placer y el dolor, lo inofensivo y la amenaza, la armonía y la disonancia, lo que tiene forma y lo deformado, la inocencia y la sabiduría, la necesidad y la autosuficiencia, la vulnerabilidad y la resiliencia, e incluso lo humano y lo inhumano sin tomar nunca una posición clara. Sin ni siquiera buscar una resolución de esas tensiones".

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