La película La Zona de Interés estrenada en 2023 y dirigida por Jonathan Glazer, cuenta la historia del comandante Rudolf Höss. Él y su esposa Hedwig viven con su familia en una hermosa casita con piscina que colinda con el campo de concentración de Auschwitz.
Esta película, grabada en formato de falso documental, en el que vemos imágenes estáticas de la familia tal y como les veríamos en un reality show, muestra cómo los Höss hacen su vida sin que les afecten los gritos de los judíos prisioneros, el humo que sale de las chimeneas o la ceniza que sobrevuela su casa. Lo ven como algo cotidiano.
De hecho, tras el anuncio del traslado de su marido, Hedwig se muestra histérica y desesperada. Ella quiere quedarse en esa casa, con sus hijos aunque no esté su marido. ¿No debería estar deseando olvidarse de los gritos que vienen de afuera? No por humanidad, sino más bien por comodidad. Pero es como si se hubiera acostumbrado. Como si su piscina, su invernadero o su jardín paliaran el hecho de que se están asesinando a seres humanos al lado de su puerta.
Cuando su madre va a visitar a Hedwig, a pesar que alaba las instalaciones en donde su hija vive, apenas aguanta allí más de un fin de semana, el humo del campo la hace toser y el fuego la despierta de su apacible sueño.
El espectador se centra tanto en las vivencias de la familia, que también acaba por olvidarse de los gritos que se oyen desde fuera.
Y las imágenes que aparecen al final de la película, en la que los operarios del museo de Auschwitz limpian los cristales detrás de los cuales se encuentran zapatos de personas que han sido gaseadas, como algo cotidiano, algo que hacen cada día, algo que incluso ha perdido su sentido evidencian más esa maldad de lo cotidiano, esa inmunidad ante el sufrimiento ajeno.
Pero si nos ponemos a reflexionar en nuestro día a día, comemos viendo un telediario que muestra a niños asesinados en Gaza, viajamos en metro con personas que duermen en la calle o presenciamos accidentes de tráfico sin inmutarnos. Nos parece cotidiano. Como si esas personas no fueran reales, estuvieran en otra dimensión, jugaran a otro juego. No nos afecta su malestar. Esa es la maldad de lo cotidiano. Centrarse tanto en los problemas individuales, cotidianos, pasándonos desapercibidos quienes están sufriendo de verdad.
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